La experiencia docente como base para entender los cambios en la educación

Lauro Alejandro Cuevas Monjarás

Desde hace décadas el enfado por la crisis educativa en México es una actitud común, sobre todo dentro de diversos grupos jerárquicos,  por  dejar en supuesto que estos se integren por personas que dedican o han dedicado su vida a estudiar y dirigir los fenómenos educativos, pero en mínima proporción a vivirlos.

Y no puede ser más notable esta hipótesis cuando observamos que, desde finales de los años cincuenta del siglo pasado, hemos experimentado múltiples reformas sobre el tema. Desde los valiosos esfuerzos y el llamado “Plan de once años” impulsado por Jaime Torres Bodet en 1959,  orientado a “asegurar la resolución del problema de la educación elemental en México”(Latapí; 1992; p.16) la cual  ­-a pesar de ser una de las más notables e inteligentes propuestas y que sigue vigente hasta nuestros días- suena más a un tema político que educativo, hasta los intentos –ya en el siglo XXI en el periodo de Enrique Peña Nieto-  a raíz  del Pacto por México donde se anuncia la educación de calidad y con equidad.

Este interés reformador y las respectivas  consecuencias, no hacen más que abonar obstáculos a una estéril discusión que a un auténtico deseo por analizar y entender el fenómeno formativo.

La primera certeza de esta última afirmación, es que no se ha involucrado con una clara determinación a los primeros y verdaderos realizadores del proceso educativo que son los maestros y sus alumnos. A los primeros se les ha mantenido  al margen de las principales decisiones dando voz a poderosas representaciones que en realidad no han pugnado nunca por una verdadera comprensión y mejoramiento de los procesos en el aula y, los segundos, han sido siempre el auditorio inmóvil de una extraña función a la cual tienen la obligación de asistir para no sentirse  excluidos.

Después, es claro que no existe un plan a mediano y largo plazo y que, finalmente no se ha reflexionado sobre todas aquellas innovaciones y disrupciones que podrían dar a entender y utilizar, en todos los planos, el fenómeno educativo independientemente del contexto en donde se presente.

En este sentido a la educación no se le debería reformar sino simplemente  comprender y aprovechar su impulso mientras dure y aparezca uno nuevo. Y si acaso fuera imposible contenerse, el cambio tendría que considerar su versatilidad.

Esta interpretación personal sugiere que la educación no es un fenómeno estático y reformarla políticamente sería algo así como cazarla y tratar de mantenerla dentro de un frasco a efecto de organizarle y evaluarle, bajo los más distintos estándares de conformidad.

Cualquier docente experimentado sabe de sobra que esto no es posible y que ante el hecho educativo siempre hay que comenzar de nuevo. Qué, ayudar a un alumno a aprender y experimentar es cada vez distinto y que cada estrategia pedagógica se realiza a partir de la anterior, pero siempre frente a nuevas circunstancias y condiciones.

Pensar de esta manera un fenómeno cultural y social, de la magnitud del educativo, permitiría escapar de fórmulas prestablecidas y constituir estructuras personales e institucionales de actuar y evaluar. Esto es lo que escandaliza y origina la debacle, el no poder o no saber cómo intervenir con los parámetros establecidos, sobre todo cuando la sociedad, las instituciones y  los padres de familia reclaman una formación segura, confiable, de calidad, que garantice un buen futuro para sus hijos. Vaya reto, navaja de dos filos, que ha cortado el sueño de muchos.

Ante tales circunstancias sería inútil establecer fórmulas determinadas para definir una estrategia ante la evidencia de la naturaleza cambiante de la educación y la clave para mejorar el proceso mediante el cual siempre hemos aprendido. Comenzaremos por platicar entre colegas e interesados de los aciertos y errores de la práctica tratando de dejar de lado la necesidad de guardar los secretos de la magia.

Ahora bien, considerando la experiencia en las aulas, y comenzando por señalar, que educar y aprender se puede facilitar observando; mirar con detalle el panorama en los tiempos actuales, debe hacerse con velocidad. Ver quiénes son mis alumnos, cómo se relacionan entre sí, en dónde nos encontramos, qué ventajas de aprender tenemos. A partir de ese momento establecer, una forma de diálogo accesible y abierto. Es en este momento en donde las relaciones y posibles entendimientos educativos deben comenzar y terminar, aludiendo siempre a un buen conocimiento y sobre todo a un excelente manejo de la comunicación humana.

Un cambio no puede darse si no conocemos cómo dialoga el alumno. Lo cual no quiere decir que el docente pretenda establecer una conversación de iguales, pues resultaría un tanto insubstancial, sino que significa que debe identificar de qué manera puede comunicarse mejor con sus alumnos aprovechando todas las formas e implementos tecnológicos actuales para lograrlo, estableciendo únicamente un fin de aprendizaje. Un gran desgaste y poco éxito resultaría si se intenta conseguir algún objetivo más allá de la relación enseñanza – aprendizaje.

Otro aspecto en el cual el docente debe poner especial atención es en los ambientes de aprendizajes, conformado por el espacio en donde se realizará la experiencia educativa y que está conformado por las características del aula, su ubicación dentro de la institución, las características físicas, acústicas, el tipo de mobiliario y equipos, así como la tecnología que puede aprovechar para facilitar el desarrollo del aprendizaje. En este punto se debe tener la confianza suficiente para efectuar los cambios necesarios (de equipo, mobiliario, ubicación, métodos, técnicas) para facilitar el aprendizaje al ritmo de cada alumno. Las Tecnologías de la infor,ación aplicada al aprendizaje cambiarán y se actualizarán a cada instante tal y como la educación lo hace, solo tenemos que aprovecharlas, actualizarnos constantemente y estar dispuestos a cambiar.

Es así que se puede construir los cimientos de una nueva comprensión de la educación como una de la experiencias más placenteras y significativas para el ser humano.

Referencias:

Latapí, P. (1992) El pensamiento educativo de Torres Bodet: una apreciación crítica. Revista Latinoamericana de Estudios Educativos (México), Vol. XXII, No. 3, pp. 13-44. Recuperado de: http://www.cee.edu.mx/revista/r1991_2000/r_texto/t_1992_3_02.pdf

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